Italia y los italianos estaban en pleno verano.
Carreteras llenas de vehículos que se desplazaban por la península hacia las localidades de vacaciones.
Aeropuertos y puertos también. Era un hervidero de turistas, italianos y también extranjeros, que tenían una fuerte necesidad de evasión del trabajo, para disfrutar de unos días lejos de la cotidianidad. No menos los ferrocarriles eran recorridos de norte a sur y viceversa, por numérosisimos convoyes, muchos extraordinarios como era costumbre en la época, rebosantes de turistas y viajeros.
Estación Central de Bolonia, nudo neurálgico del transporte ferroviario italiano.
Más llena de gente que en cualquier otro momento del año. Confusión de viajeros, cada uno con su propia historia, con sus propios pensamientos, esperanzas, proyectos, desilusiones, que se aprestaban a partir o simplemente a correr para agarrar al vuelo un bocadillo o un café en la parada de su tren.
Nadie sabía que un artefacto escondido dentro de una maleta yacía en un rincón de una de las salas de espera listo para explotar. Un mortífero artefacto de varios kilos de explosivo dejado por manos criminales, entre las piernas de viajeros ignorantes, entrados en esa sala para descansar y reponerse del calor boloñés.
Una luz vivísima, un estruendo, una inmensa nube de polvo y escombros, a las 10:25 sacude la estación y oscurece el cielo de Bolonia.
Escombros que caen, junto con jirones de muros, vigas, acero, vidrios sobre los cuerpos de cientos de personas.
No todo el polvo se había depositado en el suelo cuando ya decenas de viajeros, ferroviarios, bomberos, fuerzas del orden, taxistas, inclinados sobre los escombros, comenzaban a extraer las 85 víctimas horriblemente desgarradas y profanadas y los 200 heridos que permanecerían tales para toda la vida.
La ciudad no cede al caos de un acontecimiento terrible, no se hunde en el miedo más sombrío y no se doblega a la inaudita estupidez y crueldad de quien había querido cometer ese gesto infame. La ciudad reacciona, se levanta, porque Bolonia es así.
Esta reconstrucción del trágico evento dentro del recorrido museal, ha sido querida para recordar y honrar la memoria de todas las víctimas de la masacre del 2 de agosto.
Una debida contribución para recordar a las víctimas, los supervivientes y los socorristas de lo que sería después el más grave atentado terrorista en nuestro País desde la posguerra.