Pocos saben que Alberto Angela, paleontólogo, divulgador científico, presentador de televisión, periodista y escritor italiano, a comienzos de los años '80, todavía con dieciocho años descubrió su primera vocación y entró en las Capannelle – Escuelas Centrales Antiincendios de los Bomberos en Roma, para hacer entrenamiento y emprender el trabajo en calidad de Bombero. Tomado por la pasión por este su primer trabajo, en noviembre de 2020 en primera edición escribió y presentó el primer libro de la trilogía de Nerón – El último día de Roma – Viaje a la ciudad de Nerón poco antes del gran incendio. En este su primer libro, nos regala un relato histórico de estilo cinematográfico, increíblemente envolvente, único en su género que entre otras cosas ha conseguido también aportar una notable contribución al Museo Histórico de los Bomberos y de la Cruz Roja Italiana de Manfredonia: nos ha dado detalles sobre cómo operaron, cómo iban vestidos y equipados la noche del incendio los Vigiles romanos. Durante su ronda, los dos bomberos de turno, el poderoso veterano Vindex y el jovencísimo recluta Saturninus, estaban desarrollando un trabajo fundamental para el orden y la seguridad de la población de Roma, una ciudad donde el fuego se usaba para todo y la tragedia siempre estaba al acecho, y su trabajo cotidiano en aquella Roma en gran parte hecha de madera con tiendas llenas de mercancías inflamables que daban a las calles, era de vital importancia. Basándose en datos arqueológicos y fuentes antiguas, y gracias a la contribución de historiadores y expertos en meteorología y del fuego, Alberto Angela reconstruye por primera vez en la historia, el importantísimo episodio que cambió para siempre la geografía de Roma y nuestra historia: el Gran incendio del 64 d.C. Aquella noche, los Vigiles (la palabra Vigiles englobaba toda la fatiga de este oficio, es decir, patrullar y vigilar (hacer vigilia) sobre las calles de Roma durante la noche, los Vigiles eran casi todos muy jóvenes entre adolescentes y veinteañeros, la huella militar del Cuerpo de los Vigiles emergía claramente en su uniforme y por el yelmo que recordaba vagamente al de los legionarios. El yelmo no era de bronce o acero, sino de cuero, porque al contrario del metal no conducía el calor radiante del fuego. La túnica, no existiendo una producción industrial uniforme, era de color diverso incluso entre ellos y variaba entre el amarillo y el marrón que al reflejo de las llamas resplandecía de amarillo. Cada túnica iba ceñida a la cintura por un cinturón de cuero (cingulum) dotado de algunas espesas franjas en cuero que descendían entre los muslos a protección de las partes íntimas. Del cinturón de casi todos colgaban hachas (securis), un instrumento de doble cabeza muy similar a la dolabra, con una hoja cortante de un lado y una punta del otro, para usar entonces como hacha o como pico para derribar muros, derribar puertas de madera, excavar la tierra, etc. Curiosos, en cambio, eran los cubos que no eran de metal, en efecto la mayor parte de los estudiosos sostiene que eran de madera de junco, untados de pez para hacerlos impermeables. Además de estos instrumentos, fundamentales para una primera intervención en un incendio, había también armas porque debiendo vigilar las calles de noche, dar caza a los criminales o a los esclavos fugitivos, debían por fuerza ir armados y no disponiendo de medios motorizados y debiendo llevar todo encima durante horas, toda la dotación antiincendio debía ser esencial, poco voluminosa y ligera. Muchos de ellos llevaban en bandolera largas cuerdas de cáñamo (funes) que envolvían con varias vueltas su tronco como una serpiente. Exactamente como los legionarios, en invierno llevaban también un manto (sagum), aquella noche de julio inconcebible por el calor estival. Calzaban lo que parecían unos «borceguíes» militares para proteger los pies, una especie de botín de cuero suave (soccus) enfilado como un calcetín dentro de una robusta sandalia militar de suela claveteada (caliga), un tipo de calzado, compuesto de dos piezas, hallado increíblemente íntegro a bordo del famoso pecio romano de Comacchio, y que debía constituir el clásico borceguí de los legionarios, capaz de proteger sus pies de los zarzales, de la nieve, del frío y de la lluvia y no era de excluir que fuera una óptima solución para resistir también al fuego. Esta reconstrucción del uniforme de los Vigiles es lamentablemente hipotética, porque ningún autor contemporáneo la ha descrito nunca en detalle, pero a juzgar por las numerosas fuentes antiguas y modernas, parece verosímil. También el número de Vigiles en patrulla aquella noche es hipotético. Siendo en cambio la noche un turno arriesgado durante el cual los Vigiles desarrollaban también tareas de policía, con la obligación de apaciguar reyertas y arrestar criminales y ladrones, un número relativamente reducido que consiste en ocho hombres, es decir, la unidad de base de la legión (el famoso contubernium, es decir, hombres que compartían la misma tienda y la misma línea durante las marchas), parece una hipótesis sensata.
Esta es una síntesis de la emocionante historia de los Bomberos romanos que lucharon durante nueve días (otros estudiosos hablan de siete días y siete noches) para apagar las llamas que, desde el sábado 18 hasta el domingo 26 de julio del 64 d.C., destruyeron Roma provocando la pérdida completa de tres barrios mientras otros siete quedaron dañados, provocando miles de muertos y 200.000 supervivientes sin techo.
Con estas preciosas indicaciones que nos ha proporcionado Alberto Angela, en el Museo Histórico de los Bomberos y de la Cruz Roja Italiana se ha mejorado la hipotética historia del incendio de Roma, el uniforme llevado en aquellos infaustos días de Roma y las modalidades operativas de los dos Vigiles Vindex y Saturninus que los estudiantes de todo orden y grado y todos los visitantes podrán admirar en el Museo.